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Los besos no se gastan

Decía Borges que las cosas que suceden improvisadas, suelen ser más auténticas que aquellas que responden a una planificación.

Después de llegar a Barcelona, tras un largo periplo en el que el Equipo español superó la Eliminatoria de Cuartos de la Copa Davis, frente a Austria; y sobrevivir a un largo día, en que todo pareció conmoverse, decidí dar un paseo sin rumbo por esta ciudad que habito.

En la confluencia de la calle Balmes con Mallorca, hay una bonita librería que se llama La Central. En ella, un autor mejicano presentaba un Libro, sobre los naufragios y sobre los infiernos.

Al día siguiente, al llegar a la Federación, en la cima de Monjuitc, me encontré un hermoso regalo, en forma de Libro llamado “Los besos no se gastan”, de una muy conocida periodista y escritora, que colabora habitualmente con un Programa llamado el Hormiguero y que se llama Raquel Martos. Para mi, no hay regalo más valioso, ni que me haga más ilusión que un Libro. De todas las cosas perdidas, nada suele producir más quebranto que su extravío. Mirando cualquier biblioteca, -yo que perdí la mía-, hay una sensación de vacío, de falta de referencia en los libros ajenos. Sin embargo, respecto de los propios siempre hay una conexión insospechada a un momento, a una emoción o a una pérdida.

Recuerdo a alguien que fue especial, que solía subrayar aquellos pasajes que le conmovían. La relectura de esos mismos pasajes en la distancia temporal de los años, te aproximaba, más que al Libro, a la emoción de su lector. En cualquier caso, una Biblioteca de otro, sin sentido para nosotros, lo alcanza para su dueño de forma indeleble y conmovedora.

La historia de este hermoso libro de Raquel Martos, evoca aquello proscrito por los budistas y los taoístas que es el apego. Hay un cierta desesperación vital en aquello que estamos condenados a hacer: los compromisos, los matrimonios, los hijos, todo aquello que nos ata compulsivamente. Una desesperación que arranca de la monotonía de lo cotidiano.

Sobre esa base, la escritora –en un estilo ágil y dinámico – nos narra el encadenamiento a lo inevitable como redención personal. Como dice la autora “el dolor emocional resulta más difícil de combatir, cuando se apodera de nosotros, nos gustaría desmayarnos, dejar de sentir, dormir y despertar cuando todo hubiera pasado. Pero eso  no pasa…”.

Uno desea que aquello que te zarandea sea desplazado por otro dolor; o que siquiera fuera imaginario. Así funcionan los ansiolíticos, en cuanto relevan del pensamiento compulsivo hacia lo insoportable. Transcurrido su efecto, el dolor no queda postergado; vuelve y vuelve como la marea degrada las rocas que la circundan.

Frente a esta desesperación, Raquel Martos nos propone la locura. Nos trae a Jack Kerouac, con una frase que no conocía. Recuerdo de Kerouac un poema que fuera norte de juveniles desdichas en el que decía “…mi amada que no quiere amarme: Mi vida que no puede amarme: las seduzco a ambas. Ella con mis besos rotundos… la vida es mi arte… y sin autorización vivo….”

Este inesperado regalo de una insólita, fresca y sorprendente escritora, me recordó que, a pesar del infierno; a pesar del dolor o de la pena; siempre nos quedará la locura. Esa que nos hacía diferentes y amarillos “estallando como arañas entre las estrellas”.

Así que gracias Raquel -a la que me uní en una lluviosa mañana sobre Barcelona- por recordarme la locura… Si todos la practicáramos quizás algunas cosas quedarían cerradas para siempre.

José Luis Escañuela

Presidente Real Federación Española de Tenis

Autor José Luis Escañuela.