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La cima del Everest

La Final de la Copa Davis -que culminó en victoria ante Argentina- ha supuesto una de esas alegrías imperdurables que forma ya parte de la historia del tenis español.

Fue el partido de tenis más visto en la historia de la Copa Davis con una cuota de 32´6 por ciento de cuota de pantalla y alrededor de cuatro millones de espectadores. El minuto de oro fue a las 17´21 horas, en el momento que Nadal aseguró la Ensaladera para España. (41´4 por ciento y 6´2 millones de espectadores) superando en múltiples parámetros al que llaman “deporte rey”.

Además de esos datos, la presencia del Rey ininterrumpidamente; y la del Príncipe el Sábado (primera vez desde 1992 que asistían juntos a un evento deportivo desde la Final de Waterpolo de los Juegos Olímpicos), han propiciado que este acontecimiento haya confirmado todas las previsiones de lo que el tenis puede llegar a alcanzar desde el punto de vista social y mediático. Es la definitiva superación de la frontera entre el mal llamado deporte elitista y el fenómeno de masas.

Sin duda alguna, estos Jugadores han superado todos los retos posibles; y de una manera u otra, son los que han propiciado éxitos sin solución de continuidad. Y todos ellos son coautores, puesto que no cabe olvidar la victoria en Mar del Plata o la reciente de Austin, sin la cual, no hubieramos levantado la Ensaladera.

Desde el punto de vista de la estrategia de la RFET., se intentó favorecer el máximo aforo posible en orden a privilegiar el aspecto deportivo sobre cualquier otro incidental. Así las cosas, si hubiéramos eventualmente celebrado esta Final en un escenario cerrado menor, posiblemente la fuerza de la hinchada argentina hubiere sido aun mayor. Por otra parte, la “emoción” y el “ambiente” repercuten tanto en la competitividad deportiva como en la dimensión emocional del evento. Cierto es que un escenario heterodoxo puede propiciar molestias inhabituales en el tenis que lamentamos; pero, también que coadyuva a la obtención de índices como los descritos al inicio de este artículo.

Recién terminada la competición, tal vez requiramos de cierto tiempo para valorar y juzgar lo que aquí ocurrió; sabido es, que todo análisis ha de hacerse con distancia.

En 1.924 Mallory e Irvine comenzaban su tercer intento de ascención del Everest. Hasta entonces, ningún escalador había logrado esa hazaña. En aquellos tiempos, los medios eran muy limitados. Desde pesadas bombonas de oxígeno, hasta ropas de lana que difícilmente cubrían las exigencias límite de una ascensión imposible. Unas horas después del inicio -de madrugada- de ascensión al Everest, no había ninguna noticia de los escaladores, hasta que, de repente, una nube que preservaba el Everest, se abrió, dejando ver dos pequeñas figuras cerca de la cima.

Hasta 1.999, en que se encontró el cuerpo de Mallory, toda la discusión y el debate se centró sobre si los escaladores privilegiaron llegar a la cima, sobre las posibilidades de sobrevivir en el descenso.

En un año en el que acabamos en la cima del Everest, han empezado los análisis críticos sobre el futuro de nuestro deporte. He dicho y sostenido que hay que apurar el instante y el fulgor del relámpago; pero comprendo la preocupación por lo que vendrá.

En un año en el que decisiones como el ojo de Halcón, la impugnación de la pista de Austin, u otros resultaron influyentes en obtener la Ensaladera, quiero agradecer a todos los aficionados que estuvieron siguiendo el tenis en un fin de semana de Diciembre en el que España necesitaba resistir; y quiero también agradecer a estos jugadores y capitán, por ayudarnos a los españoles a prevalecer. Más que una crónica de la hazaña deportiva, la Final de Sevilla, es la esperanza de que el hombre sobrevive a la angustia y a la desazón, si puede sobrecogerse con la poesía o el deporte.

Y por mi parte, agradecer a todos los que, sin el indebido protagonismo que yo he ocupado, con sus decisiones y su apoyo, nos ayudaron en momentos difíciles. Si volviera hacia atrás, no cabe duda de que hicimos bien o, al menos, en conciencia; y que esta Copa Davis es, sobre todo, una conquista.

La mayoria de los cronistas e investigadores han rechazado que Mallory e Irvine murieran después de coronar el Everest. Yo, mientras viva, me empeñaré en lo contrario.

Y así fue, como en un Diciembre que se esperaba anodino, un faro iluminó -como una luz en la sombra- las vidas inciertas de un incierto país, que -si tuviera la fe de esta Selección-, aun sería capaz de coronar el Everest.

José Luis Escañuela
Presidente
Real Federación Española de Tenis

Autor José Luis Escañuela.

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