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La relatividad del tiempo

El análisis de la vida demuestra la relatividad del tiempo y de la medida. A veces uno descubre que un corto periodo de tiempo se alarga en la memoria de forma absoluta; y otras, cómo largos momentos se transforman en puros instantes intemporales.

En estos días, -que han sido o parecido largos-, he tenido la ocasión de actualizar periodos de mi vida que consideraba pasados e intentar constatar la frágil memoria sobre los mismos.

Así, reviviendo algunos de los momentos clave en mi experiencia al frente de la Federación, he traído a mi recuerdo la Final de Barcelona de Copa Davis contra Chequia, y, sobre todo, los instantes preparatorios de lo que resultaron finalmente instantes mágicos en la ciudad que habito y de la que, alguna manera, ando constantemente despidiéndome. La ciudad luminosa que amo y que Mendoza llamara de los prodigios.

He imaginado lo largo que fue aquel esfuerzo de David, en el que remontó un partido perdido; y lo efímero con que transcurrió todo lo demás.

Y en estos días en que Sevilla retorna a mi memoria aquella Final contra Estados Unidos, que fuera record de asistencia a un partido de tenis, he vislumbrado lo largo y duro que me pareció cuanto ocurrió a mi alrededor, en el momento en que Carlos Moyá ganaba su mejor recuerdo en una vida deportiva de leyenda.

Es evidente que siete años después, ya no parecemos -ni tal vez seamos- los mismos. Solo hace falta ver el rostro ante un espejo para conducirnos a la fragilidad de la existencia y la imperdurabilidad, en cambio, de algunas pasiones y emociones-

Mi paseo por Sevilla, siete años después de aquella primera Final, me retorna una ciudad desconocida; donde algunos miedos e incertidumbres no terminan de agonizar. Por el contrario, la luz de Barcelona, empieza a quebrarse cuando la luz y la paz me llenan saliendo de un subterráneo a la Rambla -mi Rambla- de Cataluña.

Frente a quienes anhelan como facultad imposible volar o ser invisibles, a mi me encantaría disponer de un don por el que me fuera permitido parar el tiempo; pero no para que no transcurriera, -sería injusto con los otros-, sino para que me permitiera hacer permanecer en mi piel, más que en mi corazón, algunas caricias que fueron únicas y lo que sentí ante ellas; pero, sobre todo, el sentimiento incondicional de que lo perdido no tiene importancia, si un hilo de tu existencia te permitiera volver a ser un Dios, en el momento vertiginoso que sientes, amas o incluso sufres. Un momento ánte el abismo, ante el fulgor del relámpago que te recuerda que hay veces en que merece la pena vivir, y, al mismo tiempo, morir.

Y cuando llegue Diciembre en el Sur, -ya saben, no conviene perderse el Sur-, intentaré parar el tiempo, para que cuando transcurra, no se convierta en falta de luz. Yo temblaré entonces, porque quienes se estremecen, nunca estarán en la oscuridad.

Barcelona y Sevilla, entonces, quedarán unidas mediante un hilo invisible que irá desde la luz al prodigio. Gracias a estas dos ciudades y a la selección española de tenis que las hizo únicas en mi recuerdo.

José Luis Escañuela
Presidente
Real Federación Española de Tenis

Autor José Luis Escañuela.

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